Ahots zuriko aratusteak
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Fieles a su cita, los atorras de Mundaka afrontaron ayer con buen humor las inclemencias meteorológicas que en forma de frío y algo de lluvia les deparó el destino para festejar una de las jornadas más importantes y esperadas por parte de los vecinos. Así lo dice al menos la primera de las canciones que anualmente interpretan frente a la casa de José María Egileor, uno de los impulsores de esta celebración durante la Guerra Civil y los años de la dictadura.
'Aratuste zara, Aratuste, mundakarrentzat egun hobarik ez', -Carnaval, Carnaval, para los mundakarras no hay un día mejor-, recalca el estribillo de la pieza. Tras un multitudinario arranque, el séquito, compuesto por unas doscientas personas y un gran número de instrumentos de cuerda, acordeones y panderos, continuó su ronda para llenar de alegría con sus sones todos los rincones de la anteiglesia turística.
La comitiva, dirigida por la sabia batuta de su joven director, Markel Anasagasti, no varió un ápice su recorrido, a pesar de la lluvia, y realizó varias paradas obligatorias entre las que destacan las dos residencias de ancianos de la localidad y la calle mayor. En este punto se desarrolló uno de los momentos centrales de la jornada con la interpretación de varias melodías y la presencia de numerosos curiosos.
«A nosotros el tiempo, mal que bien, nos respeta, a las que casi siempre les cae agua de verdad es a las lamias por la tarde», comentaban dos atorras, mientras la lluvia volvía a hacer acto de presencia. El repertorio musical formado por cerca de medio centenar de piezas contaba, al igual que en anteriores ediciones, con una novedad que hacía referencia al nuevo parking de la localidad y a los ruidos que generan sus obras. La estrofa también hablaba de la afamada ola mundakarra.
Subido al árbol
El séquito blanco se mantuvo de ronda hasta bien entrada la tarde. Los muelles del puerto y la plazuela de 'Los txopos', con el director encaramado a uno de los árboles, acogieron las dos últimas paradas de los atorras.
La festividad vivió sus peores momentos durante los años de la represión. Con el paso del tiempo ha renacido con fuerza y en la actualidad disfruta de uno de los momentos más dulces.
Según la leyenda, la pulcra indumentaria de los atorras, constituida de falda, blusón y pantalones blancos, así como una funda de almohada por la cabeza y un pañuelo rojo fue utilizada por primera vez por el conde local Anton Erreka.
Este personaje, que un día llegó a su casa con unas copas de más, se vistió las enaguas de su mujer sin darse cuenta y salió a la calle para escapar a los escobazos de la enojada esposa. Los vecinos creyeron que se trataba de una genialidad más de la primera autoridad local y se dispusieron a celebrar una gran romería que no cesó hasta el toque de ánimas.De esta singular manera popularizó Erreka, sin saberlo, un traje que con el paso del tiempo se ha convertido en tradicional en los carnavales de Mundaka.
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